Ayer, Hoy y Siempre

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

PADRE HUGO SEGOVIA

El camino conciliar

Imposible no hacer mención al Concilio Vaticano al cumplirse 60 años de su memorable comienzo, aquel 11 de octubre de 1962.
Ya el 25 de enero de 1959, en una fecha tan significativa como la de la Conversión de Sao Pablo, el Papa Juan XXIII, tres meses apenas de su elección sorprendía al mundo anunciando la realización de un Concilio, hecho que no se daba en la Iglesia desde 1870.
La connotación de una asamblea que tendría entre otras finalidades un acento ecuménico le daba aun características destacadas.
Si bien la sorpresa tuvo distintos matices desde una recepción tibia apenas de parte de los cardenales de la Curia romana suscitó un entusiasmo singular de parte del Cardenal Montini, arzobispo de Milán que hizo notar la trascendencia del anuncio.
Tres años y medio debieron pasar para poner en marcha una asamblea que debía reunir a los 2500 obispos que en esos momentos eran los pastores.
En ese tiempo se constituyen la Comisión Central y sobre todo fue novedosa la de la comisión ecuménica que estaba tomando cuerpo en las estructuras eclesiales.
Juan XXIII fue un papa singular. En el escaso tiempo de su pontificado logró una presencia muy personal y conquistó al mundo por su bondad, su sencillez y su cercanía que eran las características de su personalidad que eran la profundidad espiritual, el sentido de los tiempos y la apertura universal.
Todo ello podía a veces aparecer como en un segundo plano y así aquello del “Papa bueno” que no exhibía la inmensidad de una figura realmente incomparable.
Una sola referencia a ella es lo que el primer ministro francés dijera cuando, en 1953, fue elegido cardenal “si todos los curas fueran como Roncalli no habría anticlericales en Francia”.

Como se escribre la historia

Se agolpan los recuerdos y van mostrando la elocuencia de unos gestos que dieron sentido a esos tiempos.
Algunos de ellos para celebrar este 60 aniversario.
Mientras los obispos iban llegando a Roma Juan XXIII iba marcando la tónica conciliar.
Así en los primeros días de octubre de repente decidió hacer un viaje a Loreto y Asís, así como un mes antes del 11 de octubre había convocado al mundo para vivir el Concilio en torno al lema “Iglesia de los pobres, Iglesia de Dios”. Allí exhortaba a una lectura diaria del libro de los Hechos de los Apóstoles porque veía al Concilio en la sucesión de una historia.
Pero ese viaje, que era el primero fuera de Roma de un Papa en más de un siglo, mereció del líder del socialismo italiano, Pietro Nenni, que dijera que no tenía ya sentido esa postura porque Juan XXIII había roto con el poder temporal que tanto afectaba la relación entre la Iglesia y el estado. Así se escribe la historia” dijo el periodista agnóstico Indro Montanelli.
En la misma línea podríamos ubicar la conferencia que el cardenal Montini pronunció 4en el Campidoglio en una deslumbrante celebración y en medio de la tormenta que no auguraba un buen tiempo para el inicio de las sesiones conciliares al día siguiente.
Allí estaba lo más destacado de la cultura italiana y tengo ante mí, no solo un salón repleto de cardenales, y representantes del mundo de la política y el arte, la egregia figura de Jean Guitton que en ese momento era el único laico llamado a participar del Concilio.

Los nuevos tiempos

Bien se podría trazar una línea de continuidad entre el viaje a Loreto y Asís y esta conferencia en la que, el que ocho meses iba a ser el Papa Pablo VI, marcaba el talante de los tiempos, el del Concilio Vaticano II interrumpiendo el 20 de setiembre de 1780 y éste de los nuevos tiempos.
El temporal amainó y dio lugar a un 11 de octubre típicamente otoñal en una Roma que caminaba a ritmo conciliar aunque no se captaba cómo debía ser.
Imponente la procesión de los obispos y el momento en que Juan XXIII descendía de la ya superada silla gestatoria y con su paso ágil y amable caminaba hacia el altar, uno entre tanto y el que debía marcar el empuje de una ardua caminata.
Así lo fue y así lo dejó registrado en un discurso de apertura que debe ser uno de los más importantes de muchos siglos, el de la Iglesia que no utiliza la medicina de la condenación.
A la noche fue el discurso de la luna, el que hizo visible que la Iglesia es “también” (una palabra a veces discriminadora) es de los laicos, sobre todo de los que escuchaban al Señor pidiendo que todos se hagan los últimos.
No llegamos a darnos cuenta de todo lo que estábamos viviendo pero sí repetíamos las palabras con las que el Papa había comenzado su homilía: “gaudet mater Ecclesia” : ”se alegra la madre Iglesia.