Ayer, Hoy y Siempre

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

PADRE HUGO SEGOVIA

La nobleza del deporte

“No escapemos para defendernos de la historia” repetíamos en una de las últimas columnas del año pasado citando al Papa Francisco.
Hemos vivido los días del Mundial siguiendo, en mayor o menor medida, los pasos de ese evento que mostró aquella “pasión de multitudes” que era propia del lenguaje de los cronistas deportivos.
Imposible no acompañar los distintos momentos que jalonaron el mundial de Katar.
Como también imposible no compartir la emoción y la alegría por el triunfo obtenido.
Mucho menor podríamos decir evadir las implicancias en diversos sentidos de un evento que cada cuatro años se transforma en el hecho más destacado.
El Papa Francisco aludía al “coraje de darse la mano” pidiendo esa gracia para los competidores de la Copa del Mundo recordando, casualmente el mismo día de su cumpleaños, a lo que vivía a los 10 años cuando iba a la cancha con sus padres y le sorprendía escuchar “la palabra más fea dirigida al árbitro: vendido y cómo le sorprendería el darse la mano de los competidores al terminar los partidos.
Hablaba también como para no perder la costumbre, de la nobleza del deporte “hecho también con una pelota de trapo” y nos llevaba a la película de la época gloriosa del cine cuando Leopoldo Torres Ríos nos dio aquella lección que fue la película, precisamente “Pelota de trapo”.
Decía: “tenemos que hacer crecer el espíritu deportivo y espero que este campeonato mundial ayude a retomar el espíritu deportivo que te hace noble”.

La deuda interna

Ese pedido de no defendernos de la historia “es el que nos ha motivado a no pasar por alto la realización de este campeonato mundial.
Todo lo contrario porque nos ha remitido a lo que vivimos en aquel 1978 en el que la sede del Mundial era Argentina donde la realidad era orillada casi completamente por la propaganda oficial. Eran dos mundos contrapuestos y muchos aspectos de esa realidad eran ocultados y se hacía casi un dogma aquello de campaña anti argentina como lo está mostrando, 44 años después, la película “Argentina 1965” mostrando la realización de aquel juicio con la cara justa de aquel mundo. Fue muy difícil afrontar aquel momento y algo que refleje lo que estaba pasando lo encuentro en otra película que, paradojas de la historia, que exhibido en el Encuentro mundial de la Juventud de 1988 realizado en Santiago de Compostela: se trata de “La deuda interna” dirigida por Miguel Pereira en la cual el personaje protagónico a cargo de Juan José Camero, un maestro castigado por su militancia política a trabajar en la Puna, me hacía recordar lo que me pasaba a mí que, en los días del Mundial, permanecía encerrado casi en la casa de la calle 40 número 1543 de Miramar mientras la gente festejaba sin conocer la realidad, incapaz junto con mi mama de festejar aun corriendo el riesgo de cargar con el mote de aguafiestas. Ahora también la geste cantaba: “nos volvimos a ilusionar/quiero ganar la tercera/ quiero ser campeón mundial/ y al Diego desde el cielo/ lo podemos ver con Don Diego y Doña Tota/ alentándolo a Lionel” en otro contexto y con la espontaneidad que nos caracteriza.

Manifiesto, no plomo

El Papa nos recomendaba “no escapar para defendernos de la historia” y, animados por ese pedido, podemos por un lado ver a las multitudes que festejan el triunfo en el Mundial y; por otro, la escenas de la guerra no solo en Ucrania y otras que la pandemia había puesto frente a nuestros ojos y nos mostraba la globalización de la indiferencia.
Hablábamos del riesgo de ser llamados amargados como sucede cuando no queremos escuchar las voces que nos hacen entrar en la realidad de las multitudes que sufren no solo la guerra sino la innumerable lista de situaciones que degradan a la humanidad.
Casi como pidiendo perdón surge la imagen del pasaje evangélico en el cual Judas, nada menos que él, critica el derroche de perfumes que una mujer unge los pies del Señor y que mereció aquellas palabras que aseguraban que siempre tendremos a los pobres entre nosotros y también la del rico que no tenía en cuenta al pobre Lázaro que en las puertas del lugar tenía como único consuelo el lamido de los perros para sus llagas.
El gran Dante decía: “tenemos el Antiguo y el Nuevo Testamento y el pastor de la Iglesia que nos guía”.
La coincidencia nos dio la ocasión de no escapar de la historia y que el árbol no nos impidiera ver el bosque.
Necesitamos tanto volver a Belén donde la liturgia nos enseña aquella paradoja de un Dios que “siendo grande se hizo pequeño, siendo fuerte se hizo débil y siendo rico se hizo pobre”.
Pedro Aznar decía que hay diferencia entre los plomos y los manifiestos. También nosotros intentamos que no sea solo un discurso sino un llamado a cambiar todo lo que impide al hombre a vivir la plenitud de los hijos de Dios.