Ayer, Hoy y Siempre

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

PADRE HUGO SEGOVIA

Del año que se va

A medida del paso de los días nos van acercando el fin de este año.
Vamos recorriéndolo y surgen recuerdos, hechos, personas que han tenido algo que ver con nosotros. Por ello intentaremos, dentro de los límites de este espacio, resaltar algunos.
Hemos tenido la canonización de Artémides Zatti, una figura entrañable a quien “Dios le dio la fuerza para entregarse con alegría y sin descanso a los hermanos enfermos”.
En la misa de acción de gracias de la comunidad argentina residente en Roma, nuestro cardenal Leonardo Sandri habló de “un santo cercano a nosotros, incluida la familia del Padre Santo y la mía” dijo y eligió una imagen del santo: “con su bicicleta, en vehículo con el que iba a los necesitados con una bolsa de medicinas en una mano y un rosario en la otra, la ciencia humana por un lado y por otro la súplica, de un creyente”. Es una sugestiva imagen que bien debemos tener en cuenta en una realidad difícil como la que estamos afrontando.
Sin duda que durante el año hemos dado espacio a palabras y gestos del Papa Francisco que es un torrente de trabajo y lenguaje. De allí lo difícil que es seleccionar algo aunque hay unas palabras del 13 de noviembre que elegimos: “demos testimonio, encendamos luces de esperanza en medio de la oscuridad, aprovechemos en las situaciones dramáticas las ocasiones para testimoniar el Evangelio de la alegría y construir un mundo fraterno, comprometamos con valentía por la justicia, la legalidad y la paz estando siempre del lado de los débiles. No escapemos para defendernos de la historia sino que luchemos para darle a esta historia que nosotros estamos viviendo, un rostro diferente”.

El único lenguaje

Hablando de bicicletas veo la figura del arzobispo de Bolonia, el cardenal Mateo Zuppi, presidente del episcopado Italiano a quien conocí cuando era párroco en Roma en el Trastévere donde acompañaba a la comunidad de Sant’edigio. “Sin que se le caigan los anillos sigue circulando en bici” dice la revista “Vida nueva”. Ha dicho: “una Iglesia que con la misión no cambia, habla a todos, quiere llegar al corazón de todos, habla en la Babel de este mundo el único lenguaje: el amor”.
También en el mes de mayo fue canonizado Charles de Foucauld, una figura de múltiples facetas a quien aludió el Papa en el Consistorio cardenalicio quien, habiéndose encontrado por mucho tiempo en un ambiente no cristiano en la soledad del desierto centró toda su atención en la presencia, tanto en la de Jesús vivo en la Palabra y en la Eucaristía como en la suya que era fraterna, amigable y caritativa”. De su vida en Nazaret se ha dicho que “no se trataba de un desierto ni de un misterio para algunos elegidos sino que puede ser vivido en todas partes y por cualquiera. Es un espacio abierto donde Jesús ha pasado la mayor parte de su existencia como uno de tantos irradiando al Padre no en condiciones milagrosas sino con su sola presencia de vida, compartida, lugar de encuentro, de relación, de vida compartida con los que se cruzan. Presencia que no es un impedimento para el encuentro con Dios que, por su encarnación, se ha hecho hermano”.
Este año que señaló el sexagésimo aniversario del comienzo del Concilio Vaticano, entre tantas opiniones y recuerdos hemos oído al obispo de Quilmes algo que mostró la importancia de este evento: “somos herederos de las enseñanzas del obispo Jorge Novak a quien le gustaba decir que su originalidad consistía en ser un obispo del Concilio Vaticano II”.
También nos ayuda a conectarnos con la película que está llamando la atención “Argentina 1985”.

El legado de la coherencia

Mientras la euforia de Qatar se alía con la tristeza por la partida de Pablo Milanés de quien estoy escuchando “yo no te pido”, “Yolanda” y pienso en las calles de Santiago el cúmulo de recuerdos del año que se va casi me impide terminar pensando que son tantas las cosas que no digo y las personas que no nombro que me cuesta terminarlo porque tampoco logro incorporar por lo menos algunas de las voces y los rostros, las sonrisas y las lágrimas que se han ido sucediendo.
De todos modos no me resulta tan difícil elegir lo que cierre esta recorrida.
He hablado en la columna del lugar que Joan Manuel Serrat ocupa en mi vida y cómo me ha costado también aceptar lo que imagino no tanto su postura religiosa. Desde su llegada en la década del 60 hasta esta despedida de ahora que él definió como “no sumergirse en la nostalgia ni engolosinarse con la vigencia”.
“Uno no hace enseñado en la vida, tiene que aprender”…
“Mi vida la conjugué como pude según el entusiasmo de lo que estaba escribiendo sacrificando el disfrute o al revés… todo se vincula con la coincidencia entre lo que haces, lo que decís, lo que ocurre y lo que les ocurre a los demás, en coherencia es el más fuerte legado”.