Ayer, Hoy y Siempre

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

PADRE HUGO SEGOVIA

El día del nacimiento

Dentro de un mes estaremos celebrando la fiesta de Navidad que, junto con la del año nuevo y la no tan promocionada de la Epifanía son las fiestas por excelencia.
Nada mueve tanto a las comunidades hasta el punto de llamarlas sin más las fiestas.
Preparativos, promociones, invitaciones por doquier nos atosigan ya desde ahora y se convierten en una rutina que no usa ningún momento.
Con la experiencia del severo tiempo de la pandemia también estas celebraciones han sufrido su impacto porque, en medio de tantas cosas nos han mostrado un mundo enfermo de desigualdades y que no nos asombran las cifras que van manifestando, fríamente las grandes diferencias que son vergonzantes.
Cuando comienza esta etapa corremos el peligro de caer, así como ocurre en otras innumerables ocasiones en un exhibicionismo que es propio de los medios de comunicación. En él hay un derroche de información ofreciendo todo lo que hace felices las fiestas y fomentando sí actos de ayuda a los sectores desposeídos pero sin profundizar en las causas.
El Papa Francisco le hablaba a Caritas española del dinero de la caridad que “debe ser para los pobres y no para infra estructuras pues la caridad cristiana debe hacerse responsable de los servicios de ayuda y promoción”…”ponernos delante de esa persona que está rota, acogerla de modo que pueda encontrarse a sí misma”.
Para no caer en el pesimismo ni en la amargura que nos producen, por ejemplo, las fiestas que la TV muestra a una comunidad que padece tantas necesidades viene oportuno comenzar por repetir lo que el mismo Papa decía al beatificar al Papa Juan Pablo I: “es hermosa una iglesia con el rostro alegre, el rostro sereno, el rostro sonriente, una Iglesia que nunca cierra las puertas, no endurece los corazones, no se queja, no alberga resentimiento, no está enfadada, no es impaciente, no se presente en modo áspero ni sufre por la nostalgia del pasado cayendo en una vuelta atrás”.

Las cuatro semanas

Por eso sin caer en posturas negativas nos encontramos con la negación del significado profundo de la Navidad que es y cómo la cultura esté imbuida de la resonancia que tiene el nacimiento del Hijo de Dios y las consecuencias del mismo. A través de los siglos se ha dado ese intercambio entre fe y cultura.
La liturgia ha establecido el tiempo de preparación para esta fiesta a través de cuatro semanas que son las primeras del nuevo año, de allí también el nombre de la celebración “diez natalis”.
Adviento es el nombre de ese tiempo y a través de las cuatro semanas se va reviviendo la expectativa del pueblo de Israel y de toda la humanidad sedienta de un salvador. Así se van sucediendo las etapas de esa espera hasta llegar a la última semana en la que la Iglesia se apropia de los sentimientos de la virgen elegida para ser la madre del Salvador y por ello de toda la humanidad.
Hasta una advocación, María de la O, que quiere revivir lo que siente la embarazada ante la inminencia del nacimiento de su hijo. En este caso el asombro y el estupor de una mujer que exclama “oh” cada día siguiendo el esquema de toda vida humana sintetizándolo en ese “oh”.
A través de los siglos esto ha inspirado la reflexión de las generaciones que siempre tienen ocasión de actualizar en la poesía, la música, la pintura, los diseñadores y toda expresión cultural el hecho del nacimiento. Pensemos solamente en lo que son los pesebres y más cerca la campaña que en Montevideo se está llevando a cabo en torno al eslogan de “cumpleaños” de Jesús.
Todo esto nos hace pensar en aquella escena de Quino que presenta a una familia sentada en el comedor que llama a grandes voces a la madre que está en la cocina y le dice: “vieja, vení que estamos celebrando el día de la madre”. O esta otra de un vecino de mi pueblo que se felicitaba porque era muy religioso ya que el viernes santo comía bacalao con papas.

La capacidad de unir

¿Cómo debemos hacer para provocar la reflexión y orientar a nuestro pueblo hacia los contenidos significativos de la Navidad?
Pensar que están implícitos en muchos los gestos y costumbres que Navidad suscita en nuestro pueblo es una base para ello.
En Kazajistán en el VII Congreso de Líderes Religiosos se dijo: “no busquen falsos sincretismos conciliadores sino más bien conservemos nuestra identidad abiertas a la valentía de la alteridad al encuentro fraterno”.
Navidad integra los sentimientos más convocantes de la humanidad. De ella podemos decir que nada de lo humano le es ajeno.
Tiene además y por eso mismo la capacidad de unir, al menos esporádicamente a hombres y mujeres de todos los continentes.
Pero es tarea pendiente también y bien puede ser que también nosotros tengamos que llamar a Jesús a la mesa porque lo estamos celebrando a él.