PADRE HUGO SEGOVIA
La voz de un pueblo
Llama la atención que los que han sido reconocidos por la Iglesia como beatos y santos han sido hombres y mujeres muy volcados a lo que conocemos como servicios comunitarios.
Así lo cantamos cuando invocamos a Jesús que no ha buscado ni a sabios ni a ricos y podríamos deducir un llamado a vivir esos servicios en una sociedad muy dividida y muy enfrentada.
En el caso de Artémides Zatti, canonizado el 9 de octubre por el Papa Francisco, y sin caer en exageraciones podríamos hablar de una sociedad enferma.
El arzobispo de La Plata, monseñor Víctor M. Fernández convocó a una jornada en la catedral a dirigentes del oficialismo, la oposición y organizaciones sociales.
Ello mereció una carta del Papa en la que expresó que “hay mucho que hacer en Argentina para que puedan vivir de la dignidad del trabajo y para que no haya ciudadanos de segunda pero nada importante ni estable se logrará con la polarización agresiva. Estas pequeñas treguas impiden que sigan avanzando la violencia y los enfrentamientos que nunca hacen bien al país y terminan lastimando, sobre todo, a los que más sufren” … “un diálogo que respete las diferencias pero sea capaz de encontrar puntos de contacto para el bien común”.
El sociólogo David Duff, hijo de Susan Sontag, se asombraba “del odio en Buenos Aires donde se habla de la guillotina en Plaza de Mayo, los ataques en las redes sociales, los carteles amenazantes en los domicilios”.
Otro sacerdote, jesuita español, José M. Rodriguez Olaizola en su reciente viaje decía que “estamos hambrientos y sedientos de sentido, discursos que vayan más allá del discurso estridente, mediático, a voces publicitario, a veces propagandísticas, a veces muy marcado por titulares de diseño que están pensados para suscitar adhesiones inquebrantables u hostilidad fuerte. Necesitamos un discurso que hable de nuestras vidas, de nuestros anhelos, de la humanidad que compartimos”.
Las voces sencillas
Artímedes Zatti vino al país en 1897 en tiempos de la inmigración que contribuyó no solo al crecimiento en población de nuestro país sino a conformar una sociedad concreta. Una inmigración que no constituyó mundos aparte sino que integró y se hizo cercana.
Durante 40 años de su vida religiosa al servicio de los enfermos en Viedma y Patagones, lugares en que lo reconocieron a él en su bicicleta como enfermero santo.
Así también veíamos en el preámbulo de nuestra Constitución: “para todos los habitantes del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.
Pero no es la primera vez que nos encontramos sino con un rechazo al menos con un menosprecio de las actitudes de la Iglesia.
Lo vimos en la beatificación de Fray Mamerto Esquiú que pasó sin pena ni gloria cuando hervían en la opinión pública, el enfrentamiento entre gobierno y oposición que si bien se puede entender cuesta tanto aceptar cuando las posturas asumen las categorías del odio.
Más todavía cuando no se perciben signos de conversión sino más bien resistencia a todo lo que sea diálogo mientras tanto el pueblo abatido por los grandes problemas sigue siendo el actor de reparto en ese drama.
Al gozo de esta canonización unimos la súplica por nuestra Iglesia, unimos la voz de este pueblo que es la voz sencilla y elocuente de un italiano llegado en su adolescencia al país como tantos otros con la esperanza “hacer la América” mientras se integraban a la tierra y a la historia de estos pueblos.
Caminar juntos
En su saludo a los participantes de la jornada en la catedral de La Plata el Papa no deja de reconocer algo que suele ser motivo de controversia: “aunque ahora tengo una deuda con todo el mundo me falta visitar muchos países grandes especialmente alguno que nunca recibieron la vista de un papa, sin embargo siempre llevo a la Argentina en mi corazón.
Junto con el enfermero santo fue canonizado el obispo Giovanni Battista Scalabrini, italiano fallecido en 1905 y fundador en 1877 de los Misioneros de San Carlos Borromeo con especial acento en la atención a los inmigrantes tal como lo reclamaba el crecimiento de los que partían de Italia en búsqueda de una salida para sus problemas.
En su homilía el Papa relacionándola con los textos del domingo en la liturgia y, en el caso de Zatti, lo mostró como un salesiano fallecido en 1951 con su delantal de enfermero y la bolsa de los remedios siempre en bicicleta y llamando con devoción “mi hospital” al que se llamaba San José.
La ocasión se prestó para que hiciera oír su exigente llamado sobre el drama de los migrantes: “su exclusión es criminal, los hacen morir ante nosotros y así tenemos al Mediterráneo que es el mayor cementerio del mundo. La exclusión de los inmigrantes es repugnante, pecaminosa, criminal y aunque si no los excluimos, los enviamos lejos, a los lagers (se refiere a los campos nazis de concentración) donde son explotados y vendidos como esclavos”.