Nunca me olvido de mi primer viaje a Roma, cuando fui enviado a estudiar, a poco de mi ordenación sacerdotal.
Sesenta años atrás y con el Concilio Vaticano como hecho asombroso y capaz de asombrar todavía más.
Recorriendo las calles de la ciudad llegué un sábado al barrio de Trastévere donde, yo no sabía entonces, que estaba la iglesia de Santa María de la cual se decía que era la más antigua de Roma dedicada a la Virgen. No sabía tampoco que allí trabajaba la Comunidad de San Egidio de la que soy deudor.
Pasé por el lugar de la Isola Tiberina donde se encuentra la sinagoga y desde afuera se oían los cantos de los salmos de la comunidad reunida.
Me parecía estar en tiempo de Jesús porque así osaba él y eso me producía una actitud de admiración y respeto ya que, la Argentina había tenido contacto con grupos de jóvenes nacionalistas que justificaban lo sucedido en la guerra mundial.
Allí pude relacionar una escena de la vida de Edith Stein que me había golpeado cuando leí su biografía: es lo que ella cuenta del momento en que le informara a su madre de que se encontraba con Cristo.
Sabido es que esta mujer, judía que en sus años de universidad había perdido la fe de sus mayores. A pesar de ello nunca dejó de acompañarla cada sábado a la sinagoga. Pero al enterarse de esa conversión, dice Edith que le pareció todo el dolor del pueblo judío reflejado en su rostro y, de todas maneras, siguió acompañándola cada semana como hacen aquellos que esperan a un ser querido en la puerta de un pueblo: los creyentes de puertas afuera.
Sintesis de la vida
Ella se pasó del judaísmo heredado de su familia al agnosticismo muchas veces petulante del joven universitario, en su casa en la Alemania de los años 20 encontró la fe de la mano de Santa Teresa de Jesús con la cual comparte muchos aspectos de su rica personalidad, fijo ya adentrada en la fe católica: “Dios es verdad y el que busca la verdad busca a Dios, sea o no consciente”.
Dentro del rico mundo de la Iglesia, a la que ella sirvió desde su conversión, su ingreso a la vida, monástica y su martirio del cual se están cumpliendo ahora ochenta años podemos, sin exagerar decir que se trata de una figura excepcional. Primero como laica y comprometida con el apostolado de la mujer en los años que precedieron a la guerra mundial, no tuvo empacho en escribir una carta al Papa Pío XI en 1934, denunciando lo que estaba pasando y anticipando lo que se estaba gestando. Pero su compromiso la llevó más adentro todavía y afrontó la vida religiosa, de la mano de Teresa de Jesús que le había abierto la puerta y de la cual tomaría además el nombre, Teresa Benedicta de la Cruz.
Poco tiempo antes del trágico 1939, ella era monja en Colonia y estaba totalmente abocada a escribir un capítulo de la historia de la relación entre la fe y la cultura, mundos muchas veces enfrentados. Llama la atención que estuviera dedicada, en los años precios a su martirio, a lo que ella llamara la ciencia de la cruz y que bien pueden considerarse como síntesis de su vida y pensamiento.
Iglesia sin fronteras
El odio del nazismo no tenía límites. Edith fue trasladada del Carmelo de Colonia a Holanda como medida de precaución frente a la persecución a los judíos en Alemania, pero en el Carmelo tampoco encontró la seguridad porque a raíz de la famosa pastoral de los obispos cuestionando al nazismo (de ella hemos hablado cuando el Papa canonizó a otro carmelita, también holandés, el sacerdote Titus Brandsma en la histórica canonización de mayo pasado, martirizada en los mismos días que Edith) fue detenida y enviada al campo de concentración donde murió el 9 de agosto de 1942.
En una impactante película de la directora húngara Marta Meszáros, también agnóstica, se pinta con realismo la vida y el martirio de esta mujer a la cual, en un gesto audaz de poca repercusión, Juan Pablo II nombró, al término del Siglo XX, Patrona de Europa a la par de Catalina de Siena y Brígida de Suecia.
Figura de enormes dimensiones que nos hace ver a una Iglesia abierta a las dramáticas situaciones, no solo de la vida personal sino de la sociedad en que vivimos.
“Ayer, hoy y siempre” ha querido que los ochenta años transcurridos de su martirio no pasasen de largo y nos sirviesen para actualizar nuestra pertenencia a la Iglesia, punta de lanza de los hombres de toda clase y de toda raza y pueblo.