Abrir las ventanas a Dios

Padre Hugo Segovia
Por Padre Hugo Segovia.

PADRE HUGO SEGOVIA

“Puede llamarse Dios lo que buscaba Saint-Exupéry a lo largo de los 44 años de su vida interrumpida el 31 de Julio de 1944 en las aguas del Mediterráneo a causa de un accidente aéreo”.

En la pregunta que se hace un famoso periodista italiano (Enzo Romeo, “La invisible belleza”, Ancora, Roma, 2012, 304.p)

Comenzada la Cuaresma de este tiempo singular encontramos una ocasión para referirnos a ese “explorador del absoluto “como lo llama este autor en páginas muy bellas.

Nos dice que casi nunca Saint Exupéry sanciona a Jesús pero, sin embargo, siempre es evocado.

Como muchos escritores de su tiempo y es una nación como Francis, la mayoría de ellos recibieron una educación católica. Por citar un caso recordemos a Simona de Beauvor que, en un pequeño libro, “Una muerte tan dulce”, habla de la muerte de su madre y confiesa, desde su agnosticismo, la impresión que le causó el responso de un joven sacerdote pronunciado en sus exequias.

El autor de una obra como “El principito” ha sido considerado como uno de los héroes (para algunos, de los mitos) de la Francia cristiana junto a Santa Juana de Arco y al Abate Pierre pero él escapa a toda simplificación, incluso a la de los que lo consideran un ateo a un hierático.

DE DONDE VIENE LA FELICIDAD

Rastreando su obra Romeo nos presenta a un hombre atraído por la vida conventual a la que llama “elección de libertad” y convoca a los cristianos –casi como podríamos hacerlo hoy a –“tener coraje y no ser simples sacristanes, custodios de las iglesias destinados a vaciarse”.

Con elocuentes frases, tal como acostumbró a los lectores de los 100 millones de ejemplares de su máxima obra en 200 idiomas, habla de “la moneda de cenizas que ganamos si trabajamos solo para los bienes pasajeros con los cuales creamos pequeños burgueses, tecnócratas, seres que no pueden oír los ecos de lo profundo, seres vacíos”… “si no abrimos las ventanas sobre Dios si encendemos lámparas capaces de iluminar su misterio”.

En una carta a su madre le afirma que la vida tiene poca importancia si no se le remite a la interioridad.

Pero asombra la cantidad de veces en las que dice que “si tuviese fe se haría dominico”… el dominico que ora tiene una presencia consistente”… “nunca se es más hombre que cuando se arrodilla”.

Menciona algo que le ocurrió un domingo frío de invierno en Lyon cuando pasó por una iglesia, “pasajero clandestino y tuvo la impresión de haber caído allí, muerto de frío, y sintiéndose como encandilado por una evidencia que nunca llegó a retener”.

Hablando de la guerra (1939-45) dice que el único remedio es dar a los hombres un sentido espiritual, algo así como “una lluvia parecida al canto gregoriano” del cual era asiduo lector.

CONSTRUIR UNA CATEDRAL

Reiteradas veces se lamenta de no ser un monje orante y “así como ocurre con los árboles hay hombres que en el convento descubren la dimensión del espíritu, la plenitud del ser.

Casi como arañando la doctrina católica sobre la gracia afirma que no solo es necesario podar el corazón sino que hace falta el toque de la gracia, que a la poda se sume la primavera. No alcanza con aligerar al avión para que despegue, hace falta también un toque de mar”.

Un año antes de su muerte, viajando de Nueva York a Argel, le dice al psicoanalista: “terminada la guerra entraré en la Abadía Benedictina de Solesmes”… “los monjes, como los habitantes del desierto, no tienen nada, saben distinguir de donde viene la felicidad pero para comprender su felicidad es necesaria la conversión, un sentido nuevo, aportar un lenguaje que no se deje convencer por la lógica porque quiere prevalecer sobre la búsqueda de la perfección”.

Dice también que “el sacristán corre el riesgo de transformar el amor de Dios en amar el encendido de las velas.

Su satisfacción es ver todas las luces encendidas. Pero si se conforma con eso está vencido porque solo el que lleva dentro del corazón una catedral a construir es el triunfador porque solo el amor logra que vea en el amasijo la imagen que quiere modelar. La victoria es el triunfo del amor”.