A donde menos se piensa

Por Padre Hugo Segovia.

Padre Hugo Segovia

Una de las expresiones que más quedaron grabadas en la vida de las comunidades cristianas fue la que el Papa Juan XXIII utilizaba para definir lo que era una parroquia.

Sin duda que, con todo el peso de su infancia campesina los múltiplos caminos que debió emprender después como sacerdote y como diplomáticos, no oscurecieron esa imagen sino que la reformaron.

Decía que “la parroquia era como la fuente de la que todos iban a sacar el agua”.
La importancia de la parroquia es muy grande. Ahora mismo, a la luz de las nuevas formas de vida y de las necesidades crecientes, sobre todo en las tres C: Capilla, Colegio y Club que vendrían a ser espacios infaltables que confluyen hacia una sociedad en la que, como decía otro Papa, en este caso Pablo VI no falten los elementos que definan una cultura; la oración, la contemplación, el amor y la amistad.

Cuando el año pasado recordaba el aniversario número cuarenta del día en que asumí la parroquia de Miramar, la impresión que se causó el 1 de junio de 1976 cuando me encontré que la iglesia no se encontraba en el centro histórico de la ciudad,

Diversas versiones me explicaron con anomalía. Pero lo importante fue para mí, ir comprobando, día a día, que San Andrés no era solamente un hecho jurídico sino que estaba integrada a la vida de la ciudad. En 1991 pudimos celebrar el centenario de esa presencia que al decir del Concilio, había compartido “alegrías y esperabas, dolores y pruebas” que hacen a la vida de las comunicaciones.

Además, el legado de algunos de mis predecesores era una base sólida para seguir edificando. Pienso en el Padre Juan Marsiglio y en la vigorosa década del Padre Vicente Altaba que me facilitó tanto el trabajo.

AL ENCUENTRO CON DIOS

Repasando para encontrarme con este espacio semanal lo que va delineando la vida de la Iglesia, encuentro que días atrás el arzobispo de Mendoza, monseñor Marcelo D. Colombo, que es, además, vicepresidente segundo del episcopado argentino, al dar posesión a un nuevo párroco tuvo a su cargo una atractiva homilía.
Decía: “recibimos al nuevo párroco que trae para compartir sus dones personales”.

Marcó algunos desafíos que deberá afrontar en la parroquia que es cabecera del departamento de Godoy Cruz, en el marco de una ciudad que es parte significativa del Gran Mendoza.

“Cada mañana, cuando voy al arzobispado, veo en una esquina del Hospital Central un cartel de cartón pegado en un semáforo que dice “Cristo vive”. Quien lo escribió, con letra irregular, seguro que no estudió marketing ni redes sociales pero supo darnos un anuncio valioso de cuanto acontece entre nosotros. El Señor no está muerto sino vivo.

Así es la ciudad donde menos se piensa, tiene un mensaje de Dios para darnos. Las ciudades con sus grandes espacios y sus multitudes son una oportunidad para el encuentro con Dios. Aun los no lugares allí donde el lujo ofensivo, el deseo de lucro, los vicios oscurecen el horizonte de la vida podemos percibir aquellos resquicios que piden a gritos el anuncio del Evangelio. Por eso, les encargó que la Iglesia este abierta, en cuanto sea posible, para aquellos momentos necesarios de adoración y silencio de tantas personas que vienen a buscar a Dios cuando por algún trámite o gestión se trasladan al centro”.

Monseñor Colombo dice que “´para algunas élites políticas resulta preferible una Iglesia en silencio, encerrada, limitada sobre todo al culto y a la caridad. Por supuesto que amamos esa función pero, además, la Iglesia es testigo de Cristo ante la comunidad humana. Sin hacer política no podemos callar este testimonio tan necesario para la vida del pueblo.

NO A UNA IGLESIA ENCERRADA

Invita el arzobispo al nuevo párroco a conectar con las demás parroquias y realidades para afrontarlas comunitariamente tal como lo exigen las angustiosas realidades que pasan en estado de alerta a todas las comunidades.

Participando de la dinámica sinodal que nos pide la Iglesia y ayudábamos también como lo hacía la primera comunidad cristiana, también en términos materiales para poder fortalecer los múltiples requerimientos de la caridad y los distintos servicios parroquiales”.

Significativas las palabras finales que recibimos también nosotros como una exhortación a valorar la vigencia de la comunidad parroquial superando el escepticismo, la rutina, el cansancio y la frivolidad de las proposiciones egoístas de quienes reducen la misión de las parroquias a uno de sus múltiples facetas o consideran que ya no hay lugar para ellas en un mundo post pandémico.

Lo dice el arzobispo: “que puedan vivir con la frescura de esa primera comunidad, la alegría de decir a todos, sin distanciamiento: “¡Cristo está vivo”.